Nuestra tendencia al eufemismo nos ha llevado a evitar ver ciertas técnicas punitivas como lo que son. El “tiempo fuera” o la “silla de pensar” no dejan de ser castigos envueltos en palabras que pretenden hacerlos tolerables. También son un eufemismo las “consecuencias lógicas”, que a menudo se utilizan para camuflar lo que en esencia es un castigo. Por ejemplo: “No te has comido la sopa; así que (como consecuencia lógica de tu “decisión”), no podrás ir a jugar a casa de tus amigos”, “No has terminado las multiplicaciones, (lógicamente) no podrás salir al recreo”.

Tácticas como estas son frecuentes en muchas casas y escuelas: humillar a los niños por lo que dicen o por lo que no dicen, delante de sus amigos y compañeros, enviar notas ofensivas a sus padres, retirar o prohibir algo que el niño aprecia, enviar al despacho del director, dar trabajo extra, o poner malas notas sin profundizar en los motivos por los que el niño, supuestamente, no ha aprendido lo necesario, son formas de castigo. Todavía muchos justifican y utilizan la violencia física contra los niños, por ejemplo con una palmada en la mano cuando el niño pequeño toca algo que el adulto no desea que toque.

¿Funcionan los castigos?
A veces pudiera parecer que los castigos funcionan, pero si prestamos algo de atención comprobaremos que sólo proporcionan un cumplimiento temporal. El castigo sólo funciona mientras que el castigador está presente. Algunos deducen que se pasa el efecto del castigo, y que entonces es necesario aplicar una nueva dosis, como si fuera un medicamento, o que el castigo fue “demasiado blando” y hace falta “ser más duro”.

Más bien, lo que ocurre es que el niño se ve inducido a evitar el castigo en sí. Es probable que un niño a quien le dicen “¡No quiero pillarte haciendo esto otra vez!” pueda pensar “Vale, la próxima vez que lo haga no me vas a pillar”.
El castigo sólo cambia un comportamiento, pero no tiene ningún efecto positivo sobre los motivos y valores de esa persona para haber cometido una acción. El hecho de que padres o educadores sigan castigando al mismo niño una vez y otra vez indica que el problema es más profundo que simplemente el tipo de castigo o la manera en que se aplica.

El precio del cumplimiento temporal
Los castigos no sólo deberían evitarse porque son una falta de respeto, sino porque agravan los problemas, más que resolverlos. Décadas de estudios e investigaciones señalan que los castigos crean una serie de problemas, y demuestran que es peor castigar que no hacer nada en absoluto:
Los niños que suelen ser castigados en casa tienen más posibilidades que otros niños de comportarse mal cuando no están en casa.
Los castigos enseñan a ganar usando la fuerza. El niño recibe un ejemplo de uso del poder, contrario a la razón o la cooperación, que puede afectar profundamente al desarrollo de sus valores. El niño aprende que si no te gusta cómo actúa alguien, puedes hacerle algo malo a esa persona hasta que deje de hacerlo. Si nos fijamos en cómo se comportan muchos niños, parece que han aprendido demasiado bien esta lección, seguramente de nosotros los adultos.
Los castigos estropean la relación entre el castigador y el castigado. Cuando el niño ve al adulto como un ser controlador, que le hace daño o le impone consecuencias desagradables, seguramente estará tan contento de ver a esa persona como un adulto cuando ve un coche de policía por el espejo retrovisor. La alianza amorosa entre adulto y niño, tan vital para su desarrollo futuro, se ve comprometida. Este hecho, en el fondo, explica por qué el castigo suele acentuar el comportamiento que pretendía mejorar. Para ayudar a un niño impulsivo, agresivo o insensible para que sea más responsable, tendríamos que ver por qué se comporta así. Esto tiene más posibilidades de ocurrir si el niño se siente lo bastante cerca de nosotros para explicarnos cómo ve las cosas desde su punto de vista.
Imaginemos que un niño está siendo agredido en la escuela por otros niños. Cuando está en casa, la rabia e impotencia contenida explota y pega a su hermano pequeño al menor conflicto. Los padres, enfadados por su comportamiento, le castigan. ¿Qué posibilidades tiene ese niño de sentirse confiado, comprendido, para poder verbalizar y explicar a sus padres que sufre en la escuela, para poder recibir ayuda efectiva por parte de los adultos? El castigo no hará más que profundizar en la brecha y agravar su comportamiento.
Cuantos más castigos recibe una persona, más enfadada se sentirá, peor se comportará… Y más castigos recibirá. Es un ejemplo de círculo vicioso del que sólo se podrá salir cambiando los castigos por el buen trato.
Los castigos entorpecen el desarrollo ético del niño. Un niño amenazado con una “consecuencia adversa” por no satisfacer los deseos o normas de alguien, seguramente se va a preguntar: “Qué quieren que haga, y qué pasa si yo no lo hago?”. Seguramente, como padres preferimos que nuestros hijos se pregunten: “¿Qué tipo de persona quiero ser?”. Si no robamos o no asesinamos, no es porque tengamos miedo a la cárcel, sino porque somos seres morales, sabemos que eso está mal y podemos imaginar cómo afectan esas acciones a otras personas.
Algunos defensores de la “disciplina” afirman que el niño debe experimentar las consecuencias de sus acciones, pero casi siempre se refieren a las consecuencias que esa acción tiene para el niño. Todo se centra en lo que le pasará al niño si rompe una norma. Suponen que el niño se comportará adecuadamente si sabe que sufrirá alguna consecuencia negativa si no lo hace.
Por el contrario, el desarrollo ético consiste en saber cómo debe comportarse uno mismo por el propio sentido de la dignidad y por consideración hacia los demás. El castigo no sirve en absoluto para ninguna de estas cosas. Incluso, reduce los valores positivos, ya que acentúa la preocupación por uno mismo: le enseñamos al niño a centrar su atención en qué le ocurrirá si lo pillan. Muchos ladrones de guante blanco sin pizca de ética están convencidos de que no los van a pillar, en cuyo caso no habrá consecuencias para su acción, y eso les da luz verde para robar. En cambio, una persona honesta puede encontrarse casualmente una billetera perdida llena de dinero y, aunque sepa perfectamente que nada le va a ocurrir si se la queda, tratará de restituírsela a su propietario, ya que puede imaginar el perjuicio que habrá sufrido al perderla. De hecho, varios estudios (Thomas Gordon, 1989) han mostrado que la mayoría de delicuentes han sido castigados regularmente en su infancia… ¿y de qué sirvió?

¿Por qué castigamos?
Es fácil, y es lo que nuestro entorno seguramente espera que hagamos.

Nos hace sentir poderosos: “tengo el control de la situación”.

Puede funcionar a corto plazo para conseguir un cumplimiento inmediato; en cambio para llegar a darse cuenta de los daños que produce a largo plazo, hace falta reflexionar con cierto detenimiento.
La mayoría de adultos hemos sigo educados en entornos punitivos en mayor o menor grado y vivimos rodeados de ejemplos constantes de diversas formas de “castigo”. Muchos no sabemos qué otra cosa podemos hacer con los niños.
Nos da miedo pensar que si un niño no recibe un castigo por algo, lo volverá a hacer una y otra vez, o incluso hará algo peor (“dales la mano y te tomarán el brazo”, se dice). Bajo este miedo, subyacen creencias profundas muy negativas sobre los niños y el ser humano en general.

Pensamos (erróneamente) que la alternativa al castigo es no hacer nada. Si no castigamos, parece que somos demasiado permisivos. Hay que superar esa falsa dicotomía (o castigas, o no haces nada) para conseguir avanzar, ir más allá del fácil castigo: como recomienda Alfie Kohn, “trabajar CON el niño”, no contra él; ser su aliado y no su enemigo.

No hay ninguna razón demostrable para suponer que el castigo pueda ayudar a un niño a crecer siendo responsable, a saber cuáles son sus deseos y sus objetivos y trabajar para conseguirlos, a contribuir al bienestar de los suyos o de la sociedad. En cambio, sí que hay pruebas de los daños que produce confiar en el “cumplimiento temporal”.

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